martes, 8 de febrero de 2005

Pasillos

Dices que el blog es un instrumento de la democracia. Algo así. O que la praxis bloguera (son tus palabras) debiera ser un método alternativo para reafirmar, posicionar y tejer la urdimbre afectiva entre el escritor y el lector. Hablas, quizá en demasía, de la mediatización de los espacios culturales. Luego sigues con la importancia de la frecuencia y la oportunidad para la consolidación de un bitácora seria: un blog como referente cultural 'más allá de las fronteras' (ese sentido de pertenencia a una clica anárquica y universal, la extensión del brazo creativo, la comunión adictiva del post to live: el blogger como el outsider de las letras).

Yo sólo te repito que cada proyecto es distinto. Que la intolerancia y el autoritarismo hacia lo que no es como uno no es nada democrático. No escuchas. No hablas: dices (recitas un discurso a una audiencia complaciente e imaginaria -ese deseo-). -¿Por qué tendría qué explicar lo evidente?, ¿Por qué tendría qué decir que mi blog no tiene mayor pretensión que compartir lo que me define/lo que no me define?, ¿Mi patria es superficial y profunda? ¡Por favor!, ¿O encontrar la mirada del 'otro', un roce, un guiño?, ¿Por qué tender puentes es un ejercicio inútil?

Yo sólo te repito que mi trabajo literario es aquél (y éste). Que éste no es el blog de una autora: es un blog sin mayores pretensiones (remember: soy humana y vibro). Del ama de casa. De la working woman. De la mujer fragmentada/integrada. Este es un blog de una mujer en tránsito. Y hablas entonces de una responsabilidad social, de seriedad intelectual. Y digo yo que el análisis de la realidad es precisamente la línea que nos separa. La lectura de los indicadores. La mezcla de variables. Y luego me encabrono y te digo que no tienes sentido del humor, que el mundo no cabe en la palma de la mano, que tanta seriedad me abruma. Que 'outsiders' mis déstos. Y hablas de nuevo de democracia. Y luego de Gramsci y la hegemonía. Y yo misma termino diciéndome ¿qué putas hace Gramsci en esta conversación? Gramsci es otro asunto. No mames. Reproducir esquemas (transformarse en la vaca sagrada, en el objeto de nuestros odios y frustraciones: el dedo que señala es lanza que regresa) no es, de ninguna manera, apostar por un proyecto literario libre y democrático. Que no. Joder, que no. Si el discurso de ciertos intelectuales es vertical y aburrido y excluyente, la intolerancia y el autoritarismo (otra vez) son, precisamente, la misma cosa: también cierran puertas. Y ahora tú te molestas y me dices que no te tire mi rollo de la inclusión/exclusión. Y vuelvo a decirte lo mismo. Elegir es renunciar. Elegir es afirmación (no negación).

No me convences. No formo parte de tu audiencia complaciente e imaginaria. Y no te convenzo. No puedo. No quiero. Y francamente en este preciso momento, me aburres. Y abres los ojos y aprietas los dientes (ahora sí escuchas). Y me dices con un tonito sarcástico: feminista. ¿Feminista?, ¿Qué es ser feminista? -sí, sí... todas las mujeres a las que les sube agua al tinaco son feministas y todas somos putas menos tu mamacita santa-. Me cae que ese discurso es tan obsoleto -tan básico-, que lo único que me provoca es fiaca. Ajá, qué pedantería. Dices: no voy a enfrascarme en una discusión estéril. Me río, digo: no es la discusión lo que es estéril.

Y te despides, das por terminado el intercambio.

Preguntas: ¿Regresarás a la facultad? ¿Géneros periodísticos o Publicidad?
Respondo: ¿Guionismo de radio o Teoría de la comunicación? -No sé.

Volteo, grito: abre un blog, escribe un poema, adopta una mascota, cómprate un karaoke, coge: luego hablamos.

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