lunes, 19 de septiembre de 2005

Sacalo, sacalo...

Era septiembre de 1985 y los seis inquilinos nos sentábamos a la mesa justo a las 2:30 de la tarde.

Mientras la Sra. S. -dueña de la casa de asistencia en la que vivíamos-, nos servía los alimentos, se hacía un silencio incómodo. Después, cuando nos quedábamos solos, el médico nos hablaba de Adriana, su novia que vivía en el D.F. y trabajaba como interna en un hospital. Nos contaba los pormenores de su próxima boda o nos mostraba las últimas fotos que le había enviado. Alguien interrumpía las noticias románticas con un comentario irónico sobre la deliciosa sopa de fideos que comíamos a diario o anunciaba el robo de algún comestible en la despensa común.

El cirujano trabajaba en "las torres" y era asiduo del raquet-ball de la esquina. La anestesióloga fumaba porros en el jardín y creía que todos los demás teníamos atrofiado el sentido del olfato. El músico/mesero que trabajaba de noche tocando trova en un pequeño lugar cerca del Tilly's, invariablemente amenizaba la comida con alguna rola del Profeta del nopal. C. y P., compañeras de habitación y universidad, eran las responsables de organizar los juegos de mesa y de bajarle cigarros al cirujano y a la anestesióloga (en ese orden).

El médico hacía o recibía llamadas a diario. Aunque secretamente lo envidiábamos, la molestia por hacernos esperar nuestro turno para el uso del teléfono, hacía que nos arremolináramos junto a él para ejercer presión justo una hora después del primer ring. En ocasiones nos pasaba el auricular para escuchar las súplicas de su novia Adriana pidiendo que le dejáramos el teléfono media hora más. En realidad era bastante simpática y usualmente sucumbíamos ante sus "porfas" o a sus promesas de enviarnos ates de membrillo con cajeta.

Una mañana, el médico tocó desesperadamente la puerta de mi habitación. Corrí tras él al estudio. Ahí estaban todos, incluída la familia S., cuyo hijo y hermano, también doctor, trabajaba en un hospital del D.F. con la novia del cirujano. También la anestesióloga y el músico/mesero eran del D.F. Intentaban comunicarse con sus familiares en vano. Nada sabíamos. Todo suponíamos. El silencio se hacía humo en la espera.

Un día y medio después del terremoto, le pasé una llamada al cirujano. Como en las películas, al recibir la noticia se escurrió por la pared mientras el auricular colgaba de la base del teléfono y la voz de su madre se oía en un fade out lastimoso y terrible. Lloraba gritando su nombre. Lloraba como niño y como hombre solo. Como el viudo que no alcanzó a ser. Mientras lo abrazaba, tomé el auricular y escuché el llanto de su madre. No recuerdo qué le dije. Me distrajo el sonido de un golpe seco en la puerta. Las astillas de madera, la sangre en su puño.

No sé por qué me besó. No éramos amigos. Nunca lo fuimos. Mis labios sangraban mientras repetía su nombre: el mío. La anestesióloga tuvo que separarnos. El cirujano me pedía perdón mientras la nombraba.

Adriana murió aplastada por el techo de uno de los pisos del hospital. El hijo de la Sra. S. sobrevivió en un pequeño claro debajo de unas escaleras derruídas. Rockdrigo murió, y el músico/mesero escondíó su pena frente a la gravedad de otras muertes. La anestesióloga se acabó su dotación de mota de la semana en un día e, imposibilitada para forjar debido a los nervios, nos enseñó a quitar semillas y a mojar bien los zigzags para que los gallitos quedaran apretados. El cirujano se fue al día siguiente sin despedirse de nadie: sólo dejó un sobre con mi nombre con la invitación para su boda.

Era septiembre de 1985. Los seis inquilinos nunca volvimos a sentarnos a la mesa juntos.

Ese día escribí mi primer intento de novela.

martes, 13 de septiembre de 2005

No desearas la rola de tu projimo

And so it is
just like you said it would be
life goes easy on me
most of the time
And so it is
the shorter story
no love no glory
no hero in her skies

I can't take my eyes off of you (x5)
I can't take my eyes..

And so it is
just like you said it should be
we'll both forget the breeze
most of the time
And so it is
the colder water
the blower's daughter
the pupil in denial

I can't take my eyes off of you (x5)
I can't take my eyes...eyes...

Oh, did I say that I loathe you?
did I say that I want to leave it all behind?

I can't take my mind off of you (x5)
I can't take my mind..
my mind..my mind..

('til I find somebody new...)

*******

Hace un rato, justo al meter el auto al garage, empezó esta rola del Damian Rice.
Sólo me recosté en el asiento y cerré los ojos: el cierto homenaje, la ensoñación.
Después la tablatura y la "negrita" sonando. Esta voz: cantando.
La sensación de que, pese a todo -the pupil in denial-, omito el final entre paréntesis.

Cerrar los ojos no es quedarse ciego.

miércoles, 27 de julio de 2005

sábado, 23 de julio de 2005

SD - NY - GVA

De la bolsa podían verse los boletos. Al subirme al auto, tuve la clara sensación de haber iniciado el viaje.

*
Mr. Green pide ventana, dice -por ejemplo-: qué buen aterrizaje. En cambio, yo prefiero los aeropuertos. Los bares. Las salas de espera. Esas historias: El viaje.

*
Detesto volar. Los trenes me marean. I'm the road trip queen. La autonauta de la cosmopista.

*
Estoy considerando doparme para el próximo vuelo. Extraño. Nunca he tomado un relajante o tranquilizante -eso, en mi familia, es una rareza-. Le soy fiel a mis Vivinox o a las gotas de Melissa o al St. John's Worth o a las flores de Bach. Aunque en realidad prefiero un buen baño, un buen trago y un buen sueño. Yumi.

*
"No es lo mismo, pero es igual" (SR dixit).

*
Consejos de mamá: "Si algo te hace sentir mejor, tómatelo. No pasa nada con media pastillita" (Elvia dixit). Y ahora río casi a carcajadas al recordarla. Además, a veces reconozco a la otra que soy cuando me miro.

*
¿Se viaja por placer?

Curioso cómo hay gente que se sorprende al saber que no viajo demasiado, que le temo a los aviones, que prefiero mi casa a un hotel, los sandwiches de queso fresco con alfalfa y aguacate al club sandwich del room service.

Ver, ver, ver, ver. Ver tanto sin mirar. Esa obsesión del viajante moderno: siempre un destino, una tarea finalizada, un indicador para la próxima reunión. Prefiero el trayecto. La ruta. Las coordenadas. El viaje.

martes, 19 de julio de 2005

6.5 US / 3.5 MEX


Siempre me han gustado los pies. Y los zapatos.

En mi historia hay fotos de drianita montada en los tacones de Elvia o de mis hermanas adolescentes en los late 60's/early 70's. Muchas. Recuerdos casi fotográficos: la nítida imagen de esas largas y maravillosas botas de charol y plataforma blancas en las piernazas de "la prieta", mi sis. O la anécdota de la tragedia de los inolvidables suecos rojos que hacían tap tap tap tragados por el mar de cortés y mi consecuente cara de pambazo con mocos en todas las fotos del paseo familiar. O esas fotos de mi graduación de primaria: la primera vez que usé un pequeño tacón corrido en unos hermosísimos zapatos de tiras y pulsera color hueso comprados -muy a regañadientes y después de la intervención de al menos 3 de mis hermanas-, en la también inolvidable Dorothy Gaynor (cuando el centro de esta ciudad estaba vivo). O los zapatos blanquinegros del colegio que año con año mi má pagaba con el plástico de Sam Ellis. Recuerdo también mis zapatillas de gimnasia olímpica. Wow. Mágicas y mugrosas. Los primeros meses, pese a los regaños de mi má, no había poder humano que me hiciera quitármelas. Igual sucedió con mis zapatitos de danza folclórica. O aquellas zapatillas de plástico rosa y amarillo para niñas -en realidad esos fueron mis primeros tacones- que venían con todo y estola glamorosa y pulseras multicolores con diamantina dorada. Cuántas mañanas suspiré porque debía quitármelos después del desayuno para irme a mi segundo año de escuelita. Además, cómo olvidar los intentos de mis hermanos por esconderlos para que dejara de joder desde las seis de la mañana con ese ruidito que a mí tanta gracia me hacía.

Zapatos. Zapatillas. Zapatitos. Tum tum. Clac clac. Tiqui tiqui.

O las pantuflas de satín de Ana, mi otra sis -siempre tan sofisticada-. ¿74 ó 75? (Invariablemente, cuando íbamos a su casa buscaba cualquier pretexto para probármelas una y otra vez). Tan suaves. Femeninas. Delicadas. (No sé en qué momento cambié el satín por las pantuflas de Hello Kitty, je... pero bien dicen que después de vejez, viruela). O aquellos mocasines de suede color rosa mexicano con adornos de chaquira y canutillo -mis apachitos-, que mi pá me trajo de un ni tan lejano lugar cuyo nombre se yergue entre neón y rascacielos. O mis huaraches de tiras romanas cruzadas hasta la pantorrilla. O los zapatitos chinos de lona negra tipo karateca. O mis primeros zapatos de tacón de madera que usé en un bailable escolar: punta, talón, cadera, hombro: do the hussle! (sorry... era sólo una puberta, jeje).

En mi infancia no recuerdo, jamás, un sólo zapato de mujer que no fuera de tacón. Creo que los primeros que aparecieron en casa fueron mis adidas blancos. O los keds que usaba el día de deportes en el colegio. Los mismos a los que tenía que "borrarles" con liquid paper una pequeña línea azul para que las monjas no me regresaran a casa o me bajaran puntos o me pusieran a lavarlos enmedio del patio a la vista de todos. O esos lindos nike's blancos con diagonales rojas -por supuesto, en ese tiempo no eran retrosos-, ¡joder, los recuerdo tan bien! O mis converse rojos de botita con cintas de Betty Boop y cascabeles clink clink.

Luego, cuando ya estaba en edad de merecer y en la casa familiar sólo quedábamos mi má, Moni -otra sis- y yo, sufrí la desventaja de ser la única con pie de chinita: en aquel entonces 5.5 US. Después comprendí que en realidad fue una ventaja: jamás me hubiera puesto los horrendos zapatos verde fosfo que M. combinaba con su cinto verde fosfo y sus arracadas de plástico verde fosfo y su blusón largo verde fosfo y... sí: eran los late 70's/early 80's y nosotros nos pintábamos de rainbow los párpados para ir a bailar "on the radio" a Patinerama enfundadas en nuestros Sergio Valente o en nuestros pantalones de herradura en el trasero.

Unos añitos después recuerdo con harto placer los zapatos picuditos, los de tacón de aguja. Negros. Hermosos. Sensuales. Como los de hoy. Por supuesto, en ese entonces no pensaba en el cansancio ni me dolían los pies ni conocía los Naturalizer o los Merrell o las birck. Tampoco guardaba en el auto un cómodo par de repuesto, -por si acaso-, ni necesitaba pedicures quincenales ni tenía que embarrarme todas las noches aceite de almendras y dormir con calcetines para evitar las grietas en los talones. Oh, no. What a pitty.


Zapatos que guardé a pesar de los raspones. Zapatos que cayeron junto a una cama ancha y sola. Zapatos con los que bailé. Zapatos con los que amé. Zapatos con los que juro que volé. Zapatos con los que soñé. Zapatos con los que caminé calles largas, con los que descubrí ciudades, gente, miradas. Zapatos con los que floté enmedio de un abrazo. Zapatos-brújula. Zapatos-maleta. Zapatos que olvidé en algún sitio justo al descubrir esta vocación de huída. Este exilio. Este adiós que se anuncia en cada encuentro.

sábado, 9 de julio de 2005

El sello personal/Olga Orozco


Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento,
mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las
                (implacables ruedas del zodíaco,
si no logran volar.
No son bases del templo ni piedras del hogar.
Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos,
remotos como dos serafines mutilados por la desgarradura
                 (del camino.

Son mis pies para el paso,
paso a paso sobre todos los muertos,
remontando la muerte con punta y con talón,
cautivos en la jaula de esta noche que debo atravesar y corre
                 (junto a mí.

Pies sobre brasas, pies sobre cuchillos,
marcados por el hierro de los diez mandamientos:
dos mártires anónimos tenaces en partir,
dispuestos a golpear en las cerradas puertas del planeta
y a dejar su señal de polvo y obediencia como una huella más,
apenas descifrable entre los remolinos que barren el umbral.


Pies dueños de la tierra, pies de horizonte que huye,
pulidos como joyas al aliento del sol y al roce del guijarro:
dos pródigos radiantes royendo mi porvenir en los huesos del presente,
dispersando al pasar los rastros de ese reino prometido
que cambia de lugar y se escurre debajo de la hierba a
                   (medida que avanzo.
¡Qué instrumentos ineptos para salir y para entrar!
Y ninguna evidencia, ningún sello de predestinación bajo mis pies,
después de tantos viajes a la misma frontera.
Nada más que este abismo entre los dos,
esta ausencia inminente que me arrebata siempre hacia adelante,
y este soplo de encuentro y desencuentro sobre cada pisada.
¡Condición prodigiosa y miserable!
He caído en la trampa de estos pies
como un rehén del cielo o del infierno que se interroga en vano
                   (por su especie,
que no entiende sus huesos ni su piel,
ni esta perseverancia de coleóptero solo,
ni este tam-tam con que se le convoca a un eterno retorno.
¿Y adónde va este ser inmenso, legendario, increíble,
que despliega su vivo laberinto como una pesadilla,
aquí, todavía de pie,
sobre dos fugitivos delirios de la espuma, debajo del diluvio?

domingo, 3 de julio de 2005

Fiaca

People who think that nothing can be done.
People who see on the wrong side of the mirror.
People who lost their souls in their own blury existence.

Envy people. Angry people. Little egocentric people.